01.09.2026
Inteligencia artificial y educación: transmitir conocimiento sin sustituir la relación personal
La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta magnífica para transmitir conocimiento, siempre que se utilice al servicio de la persona y conforme a los principios de la Rome Call for AI Ethics. Pero el verdadero acto educativo —acompañar, discernir, dialogar y ayudar a crecer— solo puede realizarse plenamente en la relación personal entre educador y alumno.
La inteligencia artificial ofrece posibilidades extraordinarias para explicar conceptos, adaptar materiales, facilitar el acceso a la información y acompañar los procesos de aprendizaje. Puede ser una herramienta magnífica para la transmisión del conocimiento, pero no debe confundirse la transmisión de información con la educación.
Para que su uso sea verdaderamente humano, la inteligencia artificial debe respetar los principios de la Rome Call for AI Ethics. Estos principios se articulan en torno a tres ámbitos: la ética, la educación y los derechos, y se concretan en seis criterios fundamentales:
- Transparencia: los sistemas de inteligencia artificial deben ser comprensibles y, en la medida de lo posible, explicables.
- Inclusión: deben estar diseñados para que todas las personas puedan beneficiarse de ellos, sin discriminación.
- Responsabilidad: siempre debe existir una persona o institución responsable de las decisiones y consecuencias de un sistema de IA.
- Imparcialidad: la inteligencia artificial no debe reproducir ni generar sesgos injustos.
- Fiabilidad: sus resultados deben ser seguros, consistentes y suficientemente rigurosos para el uso al que se destinan.
- Seguridad y privacidad: los sistemas deben proteger a los usuarios y respetar sus datos personales.
Aplicados al ámbito educativo, estos principios exigen que la IA sea una ayuda para el profesor y el alumno, nunca un sustituto de la responsabilidad, el juicio o la libertad de ninguno de ellos. La tecnología puede ofrecer respuestas, sugerir caminos y ampliar las oportunidades de aprendizaje; no puede, sin embargo, establecer una relación de confianza, reconocer la singularidad de cada persona ni acompañar humanamente sus decisiones.
El verdadero acto educativo acontece en el encuentro personal. Educar significa ayudar a otro a comprender, a pensar por sí mismo y a orientar su vida hacia la verdad y el bien. Por eso, la inteligencia artificial debe permanecer en su lugar propio: como instrumento al servicio de una educación centrada en la persona, sostenida por la presencia, el diálogo y el acompañamiento del educador.
La universidad del futuro no será menos humana por utilizar inteligencia artificial; será más humana si sabe utilizarla con responsabilidad y sin renunciar al núcleo personal de toda educación.